Hoy estuve paseando por el barrio de la Boca. Mítico, alguna vez portuario, el que eligieron los inmigrantes italianos a principios del siglo, 1900 y pico, para establecerse. Como no tenían dinero, pintaron sus casas con todos los tachos de pintura que les quedaban de pintar los barcos. Eran casas con frentes de chapa ondulada, rojos, verdes, azules.Cuando nos vamos acercando, aún dentro el colectivo, se empieza a sentir un olor a río contaminado... a río marrón. Parece irresistible por lo feo, al principio. Luego nada nos recuerda ya esa sensación. Somos parte del paisaje, ciudadano, de casas humildes, de veredas con altos escalones para evitar las inundaciones luego de lluvias intensas.
En la Boca vive gente humilde y no tanto, gente que eligió quedarse cerca de sus raíces, de esos primeros habitantes que mezclaron su nostalgia con los sonidos del tango, de los conventillos donde vivían familias enteras dentro de una habitación, y en el patio común se encontraban a compartir una vida más gris dura de lo que les habían prometido cuando les hablaron de "venir a América" para tener una nueva oportunidad. En esos patios se tejieron historias de cuchilleros, de amores, de solidaridad. Aún persisten algunos, otros han sido convertidos en estudios de artistas plásticos, escultores. Allí vivieron famosos pintores argentinos como Fortunato Lacámera o Benito Quinquela Martín, que pintaba barcos y más barcos, y el reflejo de las luces sobre el agua, cuando el agua estaba seguramente más habitable que ahora...
En la turística zona de "Caminito", se reúnen hoy pintores, músicos y cantantes, bailarines de tango, artesanos, para ofrecer a los extranjeros sus obras y el colorido de sus mundos. Más allá, en otras calles, se ven chicos jugando a la pelota, árboles lánguidos como lo son los sauces, árboles muchos y bellos, atravesados por la luz del otoño. Se ven hombres pintando las puertas de sus casas o lavando sus autos, o simplemente tomando mate en el cordón de las veredas.
No aconsejan visitar la Boca de noche, hay que ser un habitante para conocer los códigos, es mejor ir con la luz del sol.

Me detuve en un café-galería de arte. Me atraparon las esculturas en hierro, tan sensibles y reales hechas con tuercas y tornillos y otros trozos de metal de todo tipo. Entre tornillos cobró vida un violinista, un murguero, barcos, saxos y contrabajos...
Yo no había almorzado así que tomé un café con leche con un sandwich de jamón y queso. Eran las 4 o 5 de la tarde. Me entretuve sacando algunas fotos las que ví desde la ventana con rejas, esa tela de araña tan amiga expuesta al sol de la esquina del antiguo marco.

Estaba en una casa de 1870, con las paredes blancas y brillantes. Pasé mi tarde entre la fascinación de retratar luces y colores, formas y el perfume de las cosas, y leyendo a Borges, quien me acompaña mucho últimamente.
Les dejo estas palabras y estas fotos. Este es un barrio de mi ciudad, y aún queda tanto por descubrir. Buenos Aires es una ciudad llena de rincones siempre nuevos. No la conozco del todo, pero es mi lugar.
















